¿Qué fue?…
¿Qué fue de aquellos momentos?…
¿Qué fue de aquellos instantes?…
¿Qué fue?…
¿Dónde se esconden ahora que ha pasado el tiempo?…
¿Dónde moran?…
¿Dónde?…
Recuerdas lo que existió y añoras el pasado como el aire que necesitas para respirar.
Porque ahora te dejas llevar por lo insignificante, cuando entonces lo sencillo era lo primordial.
Dices que quieres, pero en realidad, no quieres tanto.
Te dejas llevar por los dimes y diretes.
Y mientras tanto dejas pasar la vida.
Permites que los días atenúen el color de una historia que nació entre imposibles.
Y continuas viviendo en ese cuadro abstracto y desproporcionado cuando posees todo lo que imaginaste aquel día en que decidimos ir en busca de una aventura.
Te afanas en lo superficial y huyes de lo cercano y sentimental.
Te ocultas como la luna en la madrugada cuando las horas marcan la salida del sol.
Y apagas la luz de alguien que trata de brillar sin un resplandor que le brinde alas en el viento.
Y mientras tanto los años se meten en tu bolsillo, haciendo que caminar sea un poco más complicado que entonces.
Arrastras los pies cuando antes levitaban a unos centímetros de la tierra.
La energía ya no fluye incandescente por tu sangre y acumulas desaires sin oxígeno vital.
Llegas a un punto que ya no tiene retorno, que es de ida sin vuelta, que no tiene retorno.
Y lo haces consciente. Siendo consecuente con un porvenir tan insulso como irreal.
Y te mueves como pez en el agua entre la desesperación de alguien que parece no pintar nada en tu vida.
Nada más lejos de la realidad. Por lo menos para ese alguien.
Y parece que no hay vuelta atrás, y que nada puede ir a contracorriente.
Piénsalo. Por ti. Por ese alguien que se asoma a tu ventana todos los días lleno de imperfecciones que lo hacen único.
Y mírale con ojos nuevos.
Como si fuera la primera vez.
Cuando no importaba la grandeza o la insignificancia, el sabor o el aroma, el sonido o el silencio.
Porque tal vez vea en ti aquello que tu no ves reflejado en el espejo cada mañana.
Y te seguirá contemplando como entonces.
Porque tal vez la profundidad de su mirada vaya más allá de lo físico y se funda en el fuego de lo trascendente, de lo humano, de una realidad palpable y totalmente visible a un vistazo.
No pierdas el vagón que lo une a la locomotora que está a punto de salir de la estación.
Porque tal vez no soporte una nueva parada en aquella estación olvidada.
Porque puede que sea ahora.
Para no volver a anidar en aquel árbol sin ramas en otoño ni hojas en invierno.
Porque igual necesita volver a sentir la primavera en ti.
Y si no, todo quedará en el limbo de los sueños rotos.
De tantas heroicidades venidas a menos en el cuento de la vida.
Búscale donde siempre.
Porque nunca se fue.
A pesar de todo…

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