Al pasar de los días. Ese momento inventado donde ocurre que recorres tu historia de amor. ¿Qué fue de aquella distancia? Aquella que nos observó oculta entre la maleza de aquel lugar inolvidable. Un lugar que firmó como testigo de un comienzo irrenunciable. Y, ¿ahora?… Ahora ya no estás.
Tu vida viajó a la lejanía que se oculta tras el horizonte que besa al sol a diario. Parece que existió ayer aquel beso robado, aquella intensidad y ese sabor inigualable. Y allí llegó la calma. Y con ella la pasión que desborda el sentimiento y lo normalmente establecido. Llegabas con furia contenida y destilando inequívoco delirio. Y lidiar en la tormenta era mi única ilusión.
Recuerdo que preguntaste si sería yo el hombre de tu vida. La respuesta quedó sin respuesta. Pues los labios mandaban y los cuerpos estremecían al compás. Y llovía. Y las gotas de agua surcaban a su antojo los pliegues de tu piel. Torrente desanudado. Una invitación a amarte de forma desmedida. Como aquella situación que nos absorbía desde el principio. Pedí al tiempo que detuviera su caminar. Y conseguí cerrar la puerta para que no escapara el miedo. Porque jamás te oculté en la mirada que moría por tí.
El amor nos cubrió entre lágrimas de lluvia. Recibí tu verdad y te regalé mi aliento. Cerré los ojos. Y al abrirlos, ya no estabas. Humo blanco y vapor de agua. Tu presencia se evaporó en el viento. Y mi alma desgarrada gritó desesperada.
Al pasar de los días. Ese momento inventado donde recorres historia de amor. ¿Qué fue de aquella distancia?
Ahora camino por ese lugar. Y te extraño. Tanto, como a la vida que hoy se me va…
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